"...¿Saben lo que es la lluvia de verano?
Primero la belleza horadando el cielo de verano, ese temor respetuoso que se apodera del corazón, sentirse uno tan irrisorio en el centro mismo de lo sublime, tan frágil y tan pleno de la majestuosidad de las cosas, atónito, cautivado, embelesado por la magnificencia del mundo.
Luego, recorrer un pasillo y, de pronto, penetrar en una cámara de luz. Otra dimensión, certezas recién formadas. El cuerpo deja de ser ganga, el espíritu habita las nubes, la fuerza del agua es suya, se anuncian días felices, en un renacer.
Después, como a veces el llanto, cuando es rotundo, fuerte y solidario, deja tras de sí un gran espacio lavado de discordias, la lluvia, en verano, barriendo el polvo inmóvil, crea en las almas de los seres una suerte de hálito sin fin.
Así, ciertas lluvias de verano se anclan en nosotros como un nuevo corazón que late al unísono del otro..."
Qué fantásticas pueden ser las palabras cuando una artista las toma entres sus dedos y magistralmente es capaz de reordenarlas para darles vida propia...para exprimirlas, para contar historias y hacerte volar lejos.
Durante un paseo por las calles de Madrid con mi madre el pasado mes de agosto, nos detuvimos ante una pequeña feria de libros cerca de Atocha. En la primera caseta nos entretuvimos ojeando libros y finalmente compramos varios de ellos. El librero, amable como suelen ser los libreros de las ferias de este tipo, nos miraba con atención curiosa por ver qué ejemplares elegíamos. Le preguntamos qué nos podía recomendar y de entre una pila de libros nos sacó uno de tapas blancas con un título un tanto curioso: "La Elegancia del Erizo", de Muriel Barbery. No habíamos oído nada acerca de esta novela, pero como siempre ocurre en estos caso, ese libro no podía quedarse allí en la estantería. Desde el mismo momento en que sucede algo que pone en tu camino un libro, el mismo adquiere un poder, una energía que te atrae irremediablemente hacia él.
Al volver al hotel, mi madre estuvo a punto de quedárselo para leerlo en Murcia, es más, llegó a meterlo en su maleta, pero en el último momento lo saqué y me lo traje conmigo... Hoy, he terminado de leer la última línea, la última palabra y tengo que confesar que me ha cautivado como no lo hacía un libro desde hace tiempo. La sutileza y maestría con la que esta mujer, Muriel Barbery, es capaz de jugar con las palabras, con la gramática como bien dice ella en la novela, y con el maravilloso arte de escribir es sobrecogedor. Con una redacción inteligente, ágil y simpática que te hace pensar, te estremece y hasta te hace llorar. Escondida entre un par de tapas blancas, con un título algo extraño, se esconde una auténtica joya de la literatura.
Que la disfrutéis como yo lo he hecho...
Besos para todos.