Un árbol que cae...
El calor arreciaba en el ambiente. El aire casi no se podía ni respirar. La calle estaba prácticamente desierta a esas horas pero reconozco que a pesar de todo, me apetecía pasear. Rubén llegó a casa tan puntual como siempre, es de esas personas que nunca se hacen esperar.
Un abrazo sentido nos recordó el cariño que nos tenemos desde hace ya bastante tiempo, cuando nuestras miradas todavía reflejaban una imagen pura de inocencia. Comenzamos a andar sumidos en una agradable charla de la que parecía que no nos podíamos cansar: el mundo, sus contradicciones, sus problemas, sus posibles soluciones, la vida, la felicidad, el amor, el odio, la guerra, la locura humana, la sinrazón... Creo que no quedó un tema del que no disertáramos en voz alta. Caminamos con pasos quedos y relajados, disfrutando del sencillo hecho de estar allí, sin más. No teníamos un destino, sólo la ruta que nuestros pasos iban eligiendo al avanzar. Qué bien, qué a gusto poder disfrutar de esa sensación de complicidad personal con alguien. Estando sumidos en la conversación, de pronto, algo me sobrecogió por dentro. No sabía exactamente qué es lo que era. Una sensación de desazón, de desconcierto se apoderó de mí. Hice detenerse a Rubén. Nos quedamos allí parados. Él me observaba como aguardando un signo que le explicara mi reacción. Yo mientras, miraba a mi alrededor y no sabía con certeza lo que provocaba el estado de vacío que se estaba apoderando de mi estómago. Algo había cambiado en la rutina de mi paisaje. Me faltaba una parte, un trozo del cuadro que daba sentido a lo que veían mis ojos. En aquel momento no era consciente de qué es lo que había desaparecido, pero sabía que lo que tenía ante mi, estaba incompleto. El puzzle tenía un par de piezas que estaban mal puestas o no pertenecían a él. Al cabo, al cruzar mi vista con el muro tatuado de grafitis que teníamos ante nosotros, caí en la cuenta... Los inmensos cipreses que despuntaban por encima de aquel cercado habían desaparecido. El manto verde que coloreaba el horizonte de la mirada de los que recorríamos aquellas calles a diario, había sido borrado de golpe y porrazo. La sombra alargada e infinita de ese pequeño bosque de árboles que llevaba allí desde que tengo uso de razón, se había esfumado en cuestión de pocas horas. Decenas de años reducidos a astillas en a penas unas horas. Me costó recuperar la compostura, pero resignados, seguimos caminando y yo me preguntaba... ¿Cómo se puede despreciar el sabor, la sabiduría y la riqueza que los árboles guardan en su savia? Asfixiamos la Tierra que nos lleva dando la vida desde que el Hombre es Hombre sellando las ciudades con aceras y asfalto, talamos los pocos árboles que hemos medio conservado para construir un mundo en blanco y negro, sin colores, sin verdes, sin amarillos, sin azules... y nos olvidamos de nuestras raíces, de esas que cortamos a las primeras de cambio pensando que somos la especie más inteligente que puebla el planeta.
Al día siguiente de aquella desgraciada sorpresa, escuché en la radio a una persona hablando sobre Japón y concretamente sobre las maravillas que esconde la ciuduad de Kyoto. El interlocutor decía que de las cosas más fantásticas que había podido traerse en el recuerdo de esa tierra, eran los jardines y la devoción que aquella cultura milenaria profesa a la naturaleza. De todo lo que estuvo explicando, lo que más me encantó fue el hecho de que allí, cuando un árbol muere o se cae, es cuidado como si siguiera vivo, nadie lo retira. La muerte forma parte de la vida. El árbol vencido por el tiempo permanece como parte integrante del paisaje, aportando la riqueza que el paso de la vida le ha infiltado en su corteza, su tronco y sus ramas ... ¿No es fantástico? Para mi eso es respetar la naturaleza, cuidar lo que te da de comer, de respirar, ser humilde ante ella. Eso es ser una especie inteligente.
Sólo cuando hayas
cortado el último árbol.
Sólo cuando hayas
contaminado el último río.
Sólo cuando hayas
pescado el último pez.
Sabrás que el dinero no
se puede comer.
Un abrazo a todos, Fer.

