El Cairo a trote tranquilo...
Da la sensación, desde lo alto, de que millones de puntitos luminosos se bañan en las aguas mansas del río mientras las parejas de enamorados dejan escapar sus sueños contemplando el maravilloso espectáculo desde el puente de Al Gami'a. Yo voy trotando a paso tranquilo para hacer un poco de ejercicio, a la vez que intento captar todos los detalles del entorno que me rodea. Leo, o eso intento, todos los carteles en árabe que me voy encontrando en mi camino para poner en práctica las largas horas de academia de la semana. La música que voy escuchando me transporta, como en una burbuja, a lo largo de la cornisa del Nilo. La gente me mira algo extrañada al verme pasar, pero sigue a sus cosas: a su té, a su amena charla, a su delicioso contemplar desde la baranda del puente. Hay algunos pescadores probando fortuna con sus enormes cañas de pescar, no tanto por la emoción de cobrar su presas, como por pasar el rato en compañía de las personas que pasean por su lado. También hay vendedores ambulantes que te ofrecen, al verte venir a lo lejos, sus boniatos asados a sabiendas de que no vas en las mejores condiciones para comprarles sus riquísimos tubérculos. La ciudad, a esa hora de la tarde, empieza a relajarse, a bajar la intensidad de su actividad a unos niveles aceptables y es muy agradable entonces, sumergirse entre la gente para saborear sus vidas, para descubrir una parte, aunque sea diminuta, del día a día de los egipcios...
Allí abajo, en la orilla del río, metidos en una "faluca" (un bote pequeño), se puede ver a una familia acurrucada al calor de un fuego. Viven ahí, en un bote mecido al ritmo de las aguas del río que les sustenta. Me quedo mirándoles, ellos no me ven, y pienso en la cantidad de personas que tratan cada día de hacerse un hueco en esta ciudad. El Cairo es un ecosistema merecedor de grandes estudios socio y antropológicos porque inexplicablemente todo fluye, la gente exhala paz en su alma, es alegre, o por lo menos, sonríen siempre. Es difícil encontrar personas que no sean amables contigo, que no te presten ayuda con una sonrisa en las pupilas y eso, en una ciudad de 20 millones de habitantes, es increíble y digno de admiración.
Como veis, mi percepción de las cosas va cambiando, se va matizando cada día que pasa. Voy encontrando mi hueco en este inmenso hormiguero. Voy cogiendo confianza, y tengo la extraña sensación de que ya los coches han dejado de pitar, o yo ya no los oigo. Mis ojos y mi garganta ya no me piden auxilio como cuando llegué. Me pasan desapercibidos hasta los rezos de las mezquitas, y es que a todo se adapta uno, y eso, la capacidad de adaptación al ambiente de la naturaleza humana, es algo que no dejará de fascinarme nunca.
En el Ministerio de Agricultura, donde tengo la oficina, empiezo a entender que ellos y yo, venimos de mundos muy distintos y que por mucho que yo quiera, eso no va cambiar. Nos une la alegría y el respeto mutuo que nos profesamos, pero el ritmo de trabajo es, sencillamente, otro. Hay mucha gente contratada por el Estado que no tiene nada que hacer más que ocupar una silla y una mesa y, en parte, tiene su lógica: son muchos, no hay sitio para tantos y hay que mantener, de alguna manera, ocupada a la población. El gran problema de este país es la desmesurada demografía que colapsa las calles, el metro, las instituciones, todo. Aun con todo y con eso, estoy contento. El trabajo va saliendo para adelante. La campaña de vacunación de brucelosis se está llevando a cabo sin demasiados problemas y la búsqueda de nuevos proyectos, que es realmente lo que más tiempo de mi jornada laboral me ocupa, se va abriendo camino. Voy conociendo a mucha gente, he tenido que tocar todas las puertas a mi alcance y poco a poco voy consiguiendo que, a su ritmo, por supuesto, vayan haciendo el esfuerzo de sacar las propuestas para adelante. Es curioso, la sensación que me queda es que son como niños pequeños, no tienen malicia ninguna, pero carecen de la formación necesaria para desarrollar su trabajo adecuadamente. Te puedes enfadar con ellos pero no puedes olvidar que la ignorancia te limita, te hace débil y desconfiado de ti mismo, te hace pequeño; por eso la labor que hay que hacer aquí es de formación, de asesoramiento, de ir paso a paso mostrándoles el camino. Me están gustando la relaciones institucionales, creo que con el trabajo cercano, con el ejemplo diario de rectitud, de puntualidad y de compromiso se genera más sentimiento de responsabilidad que con sólo palabras. Imshalá (ojalá), sea así.
El resto de mi vida diaria transcurre entre reuniones, visitas a centros de investigación e instituciones cairotas, clases de árabe, carreritas por la cornisa del Nilo, fiestecillas privadas los fines de semana y mucho trabajo en casa. Para finales de mes tendré que viajar de nuevo al sur, que siempre supone una bocanada de aire fresco, así que ya os contaré qué tal. El tiempo pasa demasiado deprisa... por eso, cuando me vengo a dar cuenta, hace ya dos semanas que os escribí el último correo electrónico. Increíble.
Y esto ha sido todo por hoy... ¡Ufff! Recordarme que os cuente la visita a los dos matadero del Cairo... Toda una experiencia religiosa. Dijimos que éramos todos vegetarianos, ¿verdad? ¡Alucinante! soy un privilegiado por haber podido ver eso.
Lo dicho familia, que se os quiere mucho.
Besos para todos,
P.D. ¡Ah! No os he dicho que tengo nuevo compañero de piso. Muy majete, periodista de la agencia EFE. Da gusto llegar a casa y poder hablar con alguien, sí señor.



