Caldero para chuparse los dedos en el Gorgel...
El domingo pasado estuvimos recorriendo, junto a la gente del club GAVVA, las montañas mineras del pueblo de La Unión (Murcia). Como no podía ser de otra manera en la costa este de la Región de Murcia, un Sol de justicia quiso acompañarnos en toda nuestra ruta, obligándonos a saciar la sed a cada paso que dábamos. Con el sudor empapándonos el alma y el camarada Antonio, también conocido por sus amigos como "El Botón" amenizándonos el camino, nos adentramos en una tierra en la que la huella del paso del tiempo ha quedado grabada en cada una de sus laderas, de sus cárcabas y canchales, en cada una de las piedras de sus sendas, caminos y veredas. Una historia escrita con sudor y sangre a la lóbrega luz del carburo, tallada en la piel de hombres y mujeres a fuerza de pico y de pala como prolongación inexcusable de sus vidas. Y en la superficie, las chimeneas se alzan azarosas por captar el preciado aire que falta en los túneles horadados bajo tierra, como único vínculo con el mundo exterior... Minas abandonadas, medio derruidas, colinas de mil colores por los estériles producidos en la extracción de los minerales: pirita, magnetita, blenda,... dejan un paisaje pintoresco y singular como ninguno. A lo lejos, donde se pierde la mirada, las elegantes y serenas palmeras decoran el horizonte de nuestros pasos. Pero de repente, como si de un hermoso espejismo se tratara, el mar se abre ante nosotros. El contraste de la tierra seca y oscura, con la frescura húmeda del mar color turquesa, hacen estremecerse los sentidos. El Gorgel, una playa aparentemente solitaria y escondida de la vista del mundo corriente, nos da la bienvenida de la mano de sus curiosos y entrañables moradores: Don Salvador, nos recibe en su casa: "El Rincón de María", una casa hecha sobre la arena del Gorgel con restos de puertas, persianas y todo aquello que hoy, nadie sabría cómo aprovechar. Un remanso de paz y tranquilidad difícil de imaginar en los tiempos que corren. Pescador de afición y gran cocinero, Don Salvador, nos obsequia compartiendo con nosotros un caldero delicioso, como sólo unas manos sabias y curtidas por la erosión del trabajo de toda una vida y el mar, pueden saber hacer.
Risas impagables de amistad, un ambiente estupendo junto a unas gentes de las que quedan pocas en este mundo, reencuentros casuales e inesperados con personas cercanas en el afecto pero lejanas en el tiempo, me despertaron mi fibra más sensible... Finalmente, un baño maravilloso, puso el broche de oro a un fin de semana fantástico. Sencillamente inolvidable.
Un abrazo enorme a todos, Fer.





