La Catedral del Mar
Qué gusto da zambullirse en una buena novela... qué sensación tan fantástica resulta el descubrir otras épocas, el revivir las costumbres y los hábitos de aquellos que nos dejaron en herencia lo que hoy tenemos. Qué extraordinaria puede llegar a ser la palabra en manos de un escultor de historias. Uno puede enamorarse de la mano de un personaje, o clamar de rabia ante las injusticias que acontecen durante el desarrollo de la historia emebebida en las hojas de papel de un simple libro.
Ildefonso Falcones, un abogado Catalán amante de la historia de su ciudad, consigue como pocos, transportar sutilmente al lector de su novela: La Catedral del Mar, a la Barcelona del siglo XIV. Como ocurría en Los Pilares de la Tierra de Ken Follet, la construcción de la maravillosa Catedral de Santa María del Mar de Barcelona, hace de nexo de unión de todos los personajes.
Lucha, crueldad, esclavitud, nobleza, clero, esfuerzo, fe, Inquisición, amor, honestidad, amistad y tesón son algunas de las palabras que pueden resumir con certeza la grandeza de esta gran novela histórica, que desde ya os recomiendo, estando seguro de que no os defraudará.
Una narrativa fresca y ligera junto a una capacidad creativa muy notable, hacen que cuando esta novela cae en tus manos, seas incapaz de soltarla. Sus páginas están llenas de historia y de grandes enseñanzas para la vida...
[...] Pero hoy si lo entiendo. -Arnau se acercó más a Mar y extendió una mano en dirección al rosetón del ábside, arriba, muy arriba. Mar se esforzó por esconder el ligero temblor que tuvo al contacto con Arnau-. ¿Ves cómo entra la luz en el templo? -Entonces empezó a bajar la mano hasta el altar mayor, como hizo Berenguer en su día, pero en esta ocasión señalando unos coloridos rayos de luz que efectivamente entraban en la iglesia. Mar siguió la mano de Arnau-. Fíjate bien. Las vidrieras orientadas al sol son de colores vivos, rojos, amarillos y verdes, para aprovechar la fuerza de la luz del Mediterráneo; las que no lo están son blancas o azules. Y cada hora, a medida que el sol recorre el cielo, el templo va cambiando de color y las piedras reflejan unas u otras tonalidades. ¡Qué razón tenía el maestro! Es como una nueva iglesia cada día, cada hora, como si continuamente naciera un nuevo templo, porque aunque la piedra está muerta, el sol está vivo y cada día es diferente; nunca se verán los mismos reflejos. Los dos se quedaron hipnotizados con la luz [...]"
Qué la disfrutéis!!
Un abrazo, Fer.
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