Cuando todos duermen...
Hace horas que la oscuridad de la noche se puede acariciar con la yema de los dedos. La ciudad duerme narcotizada del silencio que reina en sus calles. Tan sólo la insolente luz amarilla de las enjutas farolas osa romper el mágico hechizo que las sombras extraviadas dejan a su paso sobre las aceras.
Hoy, no sopla el viento, no se mueven las hojas de los plátanos. No se escucha el incesante zumbido de los insectos aleteando junto a los tímpanos desprevenidos de los viandantes. Los suspiros proferidos desde las entumecidas laringes de los que a esas horas aman, quedan ahogados en el mar de los sueños imposibles. Hoy, nadie exhala su aliento con la pasión desenfrenada de los huracanes, nadie imagina, nadie cree, nadie goza; hoy, nadie vive soñando en las calles de mi ciudad... Sólo él, el narrador de sensaciones, el contador de cuentos, el escritor de coloridas epístolas de amor permanece despierto. Sí, ahí está, ¿no lo veis? de pie, en medio de la sala que da cobijo a sus desvaríos, vestido con su mono blanco salpicado de oleos de mil colores, recorriendo la estancia con la mirada penetrante de quien desea sacar de la nada, el todo más absoluto. Cara a cara consigo mismo, con sus certezas y sus incertidumbres, con sus miedos y sus valentías, de frente a ti, contigo, y tú al otro lado del mundo.
Armado de coraje y de valor se deja llevar por las descargas de adrenalina que enloquecen las excitables neuronas de su cerebro. Se zambulle, bucea y sale a la superficie, para acto seguido volverse a sumergir en su acuarela de sensaciones. Cada pincelada es una nueva estrofa, un nuevo acorde. La sinfonía se resiste, no casa, no suena a la primera. Queda el lienzo enmarañado de ideas, de conceptos, de impulsos y de locuras pero no suena la melodía. El pintor de poemas se detiene, hace un alto en el camino. No existe el tiempo. Los relojes dejaron hace rato de latir al ritmo de su infatigable tic-tac. El alma inquieta del caminante reposa los ojos cansados a penas unos segundos y de repente, todo cobra sentido. La luz vuelve a sus ojos, ese brillo en el pómulo, la nítida línea que une la nariz con la comisura de sus labios. Rojos que no lo son, azules distorsionados, amarillos aquí y allá; verdes intensos, naranjas deslumbrantes y al fin, si se mira desde la distancia de quien sabe ver... "algo ha ocurrido durante la noche". Cuando todo estaba en aparente calma, cuando parecía que la vida se había detenido, desde algún recóndito lugar del Universo, se empieza a escuchar el rumor de un río de vida, el crepitar de una gran bola de ascuas incandescentes que aviva el fuego casi extinto de los ojos para los que iba dedicado este pensamiento entreverado de emociones, este estribillo, esta estrofa de tonos, brillos y contrastes inimaginables...
El sol comienza a despuntar. La oscuridad de la noche da paso a la claridad luminosa del día. La ciudad recobra su vida a cada instante, mientras él y sólo él, se deja llevar por el sueño reconfortante del guerrero que se sabe vencedor en su batalla, del gladiador victorioso sólo provisto de su única y más poderosa arma, su implacable imaginación y su sencillo, pero siempre vivo, arcoiris de color.
Gracias Luis por luchar cuando todos hemos caído irremediablemente en los brazos de Morfeo. Gracias por hacernos sentir tantas cosas a la vez...

