Dios existe y habita en Sierra Nevada
Un despiste, muchas ganas de aventura, unas llaves viajeras olvidadas, un coche abandonado a su suerte en la ladera Sur de Sierra Nevada (Bubión - Las Alpujarras), un entorno inigualable y la ilusión desenfrenada de unos intrépidos montañeros deseosos de demostrar a la montaña que no es invencible, dieron lugar a un fin de semana inolvidable...
Como todo en esta vida, a veces pequeños errores pueden ser golpes de buena fortuna. Y así fue, un error, una simple distracción, hizo que acabáramos cruzando toda Sierra Nevada los 4 protagonistas de esta historia de montañas. El coche del Termita estaba en Bubión, pero las llaves del coche del Termita se fueron, por cosas de la vida, a Madrid. Las citadas llaves volvieron a Murcia vía postal, pero el coche, evidentemente seguía en Bubión; así es que había que volver a recogerlo de alguna manera... ¿Cómo hacerlo? Bien, realmente había numerosas posibilidades, pero la más coherente, lógica, racional y sensata que se ocurrió fue la de ir con otro coche a Güejar-Sierra, en la cara norte de Sierra Nevada, dejarlo allí y hacerse a patita y con las mochilas a cuestas, la preciosa Vereda de la Estrella superando 2.000 metros de desnivel hasta el Mulhacén (3483 mts), para acto seguido, bajar otros 2.000 metros hasta Bubión, a 1.300 mts de altitud, recorriendo unos 35 kilómetros de distancia. Ahí es nada... me canso sólo de escribirlo je, je, je.
Pues eso, que dicho y hecho. Si no es por estas locuras, de qué se iban a alimentar nuestros espíritus...
El viernes día 28 de Julio, salimos en dirección a Granada a eso de las 20:15. Íbamos "La Ratita Chusa" e "Ivancillo" en su coche, y "El Termita" y el que escribe, en el bólido de la amiga granaina del primero (ya os contaremos el porqué de esta extraña combinación de vehículos, que la cosa tiene más miga de lo que parece). Sobre las 23:30 estábamos en Granada devolviendo, a su amable dueña, el coche que pilotaba el Termita. Unos kebabs un poco picantes de más y millones recuerdos estudiantiles de mis dos compañeros masculinos nos acompañaron por las calles de Granada y por los alrededores de la hermosa ciudad universitaria. Un descuido nos hizo desviarnos de nuestro camino y esto nos permitió comprobar que el camping de Las Lomas se llena con a penas tres personas si son la una de la madrugada, increíble pero cierto. Total, que por suerte, a eso de la 1:30, en el Hostal Los Puentes, estaba Doña Antonia esperándonos con una sonrisa en los labios y una amabilidad extraña en estos tiempos. Repartimos las habitaciones, pusimos el despertador a las 5:45 y a las 6:15 de la mañana ya estábamos el equipo al completo zampándonos un desayuno descomunal: tostadas sacadas de un cuento de gigantes, leche, Colacao, mermelada y un montón de risas con Antonia... Sólo por ella ya merece la pena hospedarse en su pensión. Pagamos lo convenido y nos despedimos con mucho cariño de nuestra anfitriona para dirigirnos ahora sí, al comienzo de nuestra aventura montañera.
A las 7:50 ya había amanecido. El cielo estaba teñido de un azul inmaculado. La sombra que proyectaba la montaña sobre nuestro sendero hacía que el camino fuera ameno y tranquilo. El sofocante calor de estas veraniegas fechas quedaba mitigado por una brisa muy agradable. Empezábamos a remontar el curso del río Genil. El agua brotaba por todas partes en un espectáculo precioso. Pequeños rápidos de agua cristalina terminaban en pozas en las que daban ganas de ahogarse. De repente, al hacer un recodo en el camino, la impresionante imagen de la silueta de la Alcazaba (3.371 metros) y el Mulhacén (3.483 metros) nos dejan atónitos. Dos descomunales moles de roca se alzaban ante nosotros. Por un instante la idea de llegar a sus cimas se nos antojaba imposible. Nos recreamos haciendo miles de fotos y decidimos hacer un alto en el camino para comer y pegarnos un reparador baño fluvial. El dolor de los pies al meterlos en las gélidas aguas del Genil, me trajo a la memoria recuerdos maravillosos de otras montañas, de otras excursiones, de otros momentos. Recuperados ya del cansancio, reemprendemos la marcha. A partir de Cueva Secreta (1.750 metros), el camino empieza a progresar con una pendiente mayor, lo que sumado a la intensidad del sol que empieza a golpear nuestras cabezas provoca que el cansancio haga mella en las piernas. Sólo la magnificencia del entorno que nos rodea nos hace mirar para arriba y seguir adelante. Buscando el mejor sendero, cruzando de un lado al otro del río, remojándonos tras algún que otro resbalón, vamos progresando con la mirada fija en las piedras del camino. Después de un duro esfuerzo, conseguimos alcanzar el pie de la gran chorrera de la Laguna de la Mosca. Conseguimos superarla ascendiendo muy despacio por un empinado vasar. Un poco más, un paso más, y allí arriba a 2.895 metros de altitud y tras casi 7 horas de marcha, una espectacular laguna, La Laguna de la Mosca, se muestra desnuda ante nosotros... Qué visión tan fabulosa. Qué agua, qué orgullo llegar hasta allá arriba. Descansamos en las praderas circundantes y algunos subimos al pico Juego de Bolos, a 3.022 metros, para deleitarnos con las vistas que desde él se divisaban. Comimos, nos bañamos tal y como vinimos al mundo y recuperamos las fuerzas perdidas durante toda la jornada. Ya sólo quedaba subir al collado del Ciervo a 3.122 metros. Era el último gran esfuerzo. El cansancio nos hizo dudar de si seríamos capaces de llegar a él, pero un ritmo constante y nuestro orgullo personal nos plantó allí arriba en unos escasos 40 minutos. Desde el collado, la cercanía del Puntal de la Caldera (3.225 metros) nos llamaba a subir a su cima... El Termita y yo no pudimos evitar dejarnos llevar por su embrujo y para allá que fuimos. Arriba, el espectáculo de ver el Mulhacén frente a nosotros y la Laguna de la Mosca allí abajo, chiquitita, minúscula, nos lleno el pecho de alegría. Fotos de rigor y de nuevo para abajo. Ya en la vertiente sur de la sierra, nos encaminamos hacia el refugio de la Caldera, a 3.050 metros. Este refugio estaba lleno de gente así que decidimos probar suerte un poco más adelante, en el refugio de Miravientos a unos 3.100 metros de altitud. Tan sólo nos encontramos con una simpática pareja: Juan y Mª Ángeles. Con ellos compartimos el atardecer, la cena, una agradable tertulia a la luz de las velas y el millón de estrellas que nos visitaron esa noche. A las 22:30 todos dormían ya...
Los despertadores sonaron a las 5:20 de la madrugada. La jornada se presentaba larga. Queríamos subir al Mulhacén antes de que amaneciera y bajar hasta Bubión. Desayunamos todo lo que llevábamos y con las mochilas ya más descargadas de peso hicimos cumbre en el pico más alto de la Península. Precioso, como no podía ser de otra manera. Nos recreamos la vista con el paisaje tan increíble que nos envolvía y tras hacer las fotos pertinentes pusimos rumbo a Bubión, al rescate del coche de Termita. La bajada se nos hizo más larga de la cuenta, pero llegamos con tiempo para asearnos en la fuente del pueblo y degustar un aperitivo sensacional que nos supo a manjar de los dioses. El Termita llevaba las llaves del coche, hay constancia. Y con el bólido regresamos a Güejar-Sierra para que La Ratita Chusa e Iván pudieran coger su coche y volver a casa. Los dos Fers (El Termita y yo), nos dimos un merecido baño en el agua del Genil y tras el mismo, fuimos a cumplir nuestra última misión: asistir al concierto de Caetano Veloso en Lorca acompañados de dos guapas niñas: Irenilla y Cari. Con los ojos pegados logramos el objetivo, demostrando que no hay nada imposible en esta vida, si lo deseas con toda el alma.
Un viaje inolvidable, lleno de muchas más anécdotas que aquí no he descrito por falta de espacio y tiempo, pero que seguro quedarán en nuestra memoria por los siglos de los siglos, como que Dios existe y vive en Sierra Nevada!!!
Un abrazo a todos, Fer.







