Hay días extraños...
Hay días en los que no sabes muy bien porqué pero algo te oprime el pecho. Estás y no estás. Necesitas una sonrisa, un par de palabras amables pero en el fondo sólo buscas soledad. Andas detrás de una salida, miras al cielo, te detienes a contemplar el suave vaivén de las hojas en los árboles...
Llamas a todo el mundo, pero nadie responde, y tú sigues ahí, pensando en nada y pintarrajeando de garabatos horribles la mesa donde estás sentado. Te intentas convencer de que todo va bien, de que no necesitas a nadie, cuando en realidad necesitas a todo el mundo. De repente, te decides, te levantas sin pensarlo dos veces y te vas al cine. Es lo que te apetece y es lo que decides hacer. En la cola de la taquilla, en medio de tanta gente, de tanto gentío y alboroto, te sientes extraño. No perteneces a ese mundo, pero estás ahí, de pié en medio de un océano plagado de seres que ríen, gritan y hablan a tu alrededor. Miras todas las caras y sientes que a nadie le importa lo que tú hagas o dejes de hacer. La taquillera te pregunta cuántas entradas quieres y tú le respondes casi apartando tus
ojos de los suyos: "una, gracias". Le das el dinero, ella te devuelve el cambio y entras en la sala. Te sientas. No piensas en nada. Se apagan las luces y da comienzo la película: "Bienvenido a casa" de David Trueba. Te metes en la pantalla, te dejas llevar, te olvidas de todos los extraños sentimientos que unos minutos atrás te rondaban la cabeza. Te ríes en soledad, meditas en voz baja, para ti, para nadie más. Tienes la sensación de que no estás solo porque te hablas a ti mismo, así que no piensas mucho en ello. El alma poco a poco recobra el ánimo, se va liberando. Sonríe. Los pequeños gestos de los personajes te emocionan, las miradas te traen recuerdos, las manos, las fotografías, las palabras rescatan imágenes de otro tiempo perdidas en tu memoria. Añoras el calor, la presencia de alguien a tu lado que vea lo que tú estás contemplando, lo que estás viviendo. Sueñas ligeramente despierto. Quisieras contar a la chica de al lado lo bonita que ha sido la película, lo que ha despertado en ti, pero para qué, a quien le importa lo que tu sientas, a ella, seguro que no. Andrés Calamaro suena mientras los créditos van pasando pausados de arriba a abajo de la pantalla. La gente se levanta y tú sigues allí sentado, nadando en tu mar de emociones, despertando de un reconfortante sueño que te ha devuelto, por lo menos por hoy, la sonrisa a tus ojos.
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